El Chaco también es la Argentina
Acabo de volver del Chaco, del Impenetrable. Creo que hice el viaje más extraño de mi vida. Uno está acostumbrado a los viajes turísticos, a quedarse admirando viejas catedrales, recorrer museos (o tiendas) hasta caer de cansancio, a disfrutar de conciertos. Pero en el norte de la provincia, ya casi en Formosa, no hay nada de eso. Nos recibe un calor de 36 grados en pleno invierno (dicen que en enero sube hasta 50 grados), un constante viento norte y polvo, polvo, y hace meses que no llueve. Estamos en Nueva Pompeya, nos alojamos en un hotel, en sus ocho piezas apenas hay lo más indispensable: camas más o menos cómodas, mesita de luz con un velador que no funciona, agua caliente en el baño que no sale de la cañería. un pequeño ventilador que más que soplar parece suspirar. Para obtener el desayuno o la cena hay que ir al (único) restaurante del pueblo, que es el centro social, donde todos se conocen, gente que entra, saluda, hace algún comentario, y se va; algunos se quedan a comer. El dueño - también lo es del hotel - atiende y bromea con todos, un hombre feliz. Afuera, las calles de tierra; la principal desemboca en la tradicional plaza bordeada por la municipalidad, un almacén, la iglesia, una tienda. La gente se moviliza en camionetas, pero mayormente en motos. Las hay de todos tamaños, manejadas por hombres, mujeres, jóvenes, familias enteras.
Nuestra 4x4 nos lleva al Impenetrable - porque tan "impenetrable" no es - hay caminos que rodean la parte selvática y ahí, donde no hay nada de nada, vive gente. De vez en cuando aparece algún aborigen, en su mayoría son wichis, pregunta quienes somos, qué hacemos allí, qué le hemos traído de regalo.Uno hasta vino armado de una escopeta, pero después aclaró que pensaba que éramos los que tiraban a los patos en la pequeña laguna, donde él vivía. Son sumisos y amables, pero al mismo tiempo pretenden que algo deben darles los "blancos" (ellos mismos los llaman así) ya sea dinero o ropa. Será porque los han echado de sus tierras... Ya antes de partir nos habían avisado, por eso llevábamos bolsas con ropa. (Mi yerno nunca se habrá imaginado, que sus camisas iban a parar en el Impenetrable). Son pobres, realmente pobres. Una mujer que vive en medio del bosque, cuenta que la municipalidad, o alguna oficina oficial, reparte bidones de agua, porque en ninguna parte hay agua potable. Es gratis. Pero el camionero que trae el bidón una vez por semana, pide 80 pesos para dejárselo... ¿Corrupción hasta en la selva? Para esta señora, 80 pesos es mucho dinero, pero tiene que pagar, porque necesita el agua.
Uno se pregunta: ¿de qué vive toda esa gente? Los hombre generalmente trabajan con madera, que es lo único que abunda, en la tala, en la construcción o en las fábricas de ladrillos, que allí todavía se hacen en forma manual, y los hornos se alimentan con madera. Algunas pocas mujeres hacen sencillas artesanías, pequeñas tallas de madera, collares con semillas canastos y tejidos de chaguar o lana de oveja, pero como no hay turismo, no hay venta. Queríamos comprar unas paneras a una mujer que, sentada delante de su vivienda, estaba tejiendo, pero solamente tenía una. Allí no hay nadie quien organice el trabajo de los artesanos, como sucede en otras provincias.
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